¿A ti también te duele el mundo?

El mundo está malito. Sus síntomas están muy claros. Hambrunas y guerras que devastan pueblos enteros. Grandes éxodos sin solución. Discriminación por raza, religión o inclinación sexual. Violencia de género y acoso en las aulas. Maltrato animal. Exceso de consumo que agota los recursos naturales y provoca el cambio climático. Riqueza mal distribuida. Políticos corruptos. Extremismos. Enfermedades sin cura que asolan la vida de los pacientes y sus familias…

El mundo está muy malito y a mí me duele. Me duele tanto que a veces quiero contarle a quien se pone a tiro qué es lo que tendríamos que hacer TODOS. ¡TENEMOS QUE HACER…!

Pero una gran amiga me para y me acusa de tener un discurso a veces rabioso: el de la ira del justo. Me dice que el movimiento se demuestra andando. Y que a veces es mejor darse un punto en la boca.

Pero el mundo tose y tiene fiebre y yo sé que el remedio está tan claro como en la canción infantil: a mi mundo, a mi mundo le duele la barriga y el médico le manda jarabe de… solidaridad.

¿Pero tengo claro qué es solidaridad? Me voy al diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

Solidaridad [de solidario]

  1. f. Adhesión circunstancial a la causa o a la empresa de otros.

Solidario, ria [de sólido]

  1. 1. [persona] adj. Que se solidariza con otras personas y con sus causas e intereses.
  2. adj. Que es consistente o coherente con algo.

Sólido, da [del lat. solĭdus]

  1. adj. Firme, macizo, denso y fuerte.
  2. adj. Asentado, establecido con razones fundamentales y verdaderas.

Así pues, la solidaridad es la adhesión de modo coherente por parte de una persona [organización o empresa] firme, fuerte y con razones fundamentales y verdaderas a las causas de otros.

¿Coherente? ¿Firme y fuerte? ¿Razones verdaderas?

Esto me queda grande. Si alguien me viene pidiendo esto, mejor que busque en otra parte. No puedo ser Gandhi o Martin Luther King. Creo que mi amiga tiene claro qué significa todo esto de verdad y se siente herida cada vez que le hablo con la boca llena de razones porque ella tampoco se ve Santa Teresa de Calcuta.

Pienso en que a diario doy mucho de aquello que me sobra y me cuesta dar aquello que más quiero. Pienso que muchas veces me mueve aquello que me produce la lágrima rápida y actúo sin pensar en si la mejor manera de ayudar es ésa. Como cuando en mitad de enero llegó, desde un país tropical a Madrid, un chaval muerto de frío para ser operado de pólipos y, al irse de vuelta, quería llevarse en el avión, literalmente, 6 maletas de 30 kilos cada una, llenas de ropa de invierno y cachivaches inútiles en su país que, durante su estancia, le habíamos regalado entre todos por misericordia. Pienso que hay causas que no me motivan nada, supongo que porque no me he preocupado por entenderlas o porque pillan muy lejos de mi vida. Veo que no doy la talla cuando me comparo con los grandes. Yo querría ser Luke Skywalker o Robin Hood y me siento, más bien, una alimaña rastrera…

El médico se ha equivocado, a mi mundo no le puede ayudar nadie. O por lo menos yo no puedo. ¡Hay que ser Superman para poder hacer algo!

¡Espera, hombre! ¡Ni tanto, ni tan calvo! -me dice mi Pepito Grillo particular. Piensa un poco en tu día a día. Pones en programa “eco” la lavadora y te aseguraste de que fuera supereficientemente energética –o ¿supereficiente energéticamente?, qué lío. Intentas caminar y usar trasporte público que contamina menos. Reciclas papel, vidrio y recipientes al contenedor amarillo, aunque esto también es un lío. Usas el aire acondicionado o la calefacción en situaciones tipo Madrid-Gobi o Madrid-Antártida y siempre a 23oC o 24oC para generar menos CO2. Intentas no comprar más de lo que realmente necesitas; aunque yo le daría una vuelta al concepto “necesario” –sigue Pepito–, ¿son realmente “necesarios” diez polos de colorines? Te preocupas como director de que en tu organización haya igualdad entre mujeres y hombres y luchas por la conciliación laboral. Les prestas tu oreja a conocidos y desconocidos. Respiras al estilo chino cuando sale a pasear tu tigre para no comerte con patatas a nadie… Y, además, trabajas en una fundación que quiere “Vencer el Cáncer”. Anda y anda…

Es verdad. ¡Ni tanto ni tan calvo! No soy San Esteban protomártir muriendo por una causa, ni la valiente princesa Leia, ni siquiera un Papá Pitufo anti-Gárgamel. Pero me doy cuenta de que se puede ser coherente y solidario con todo. De a pocos. Una “miaja” más cada día. Vivo con mis contradicciones pero me siento bien. Me acuesto con el corazón reposado porque me he dado cuenta de que puedo darle sorbitos de jarabe de solidaridad al enfermo a ver si se cura y así me duele menos.

Si también a ti te duele el mundo, te invito a pensar un poco sobre todo esto.

Esteban Varadé, director ejecutivo Fundación Vencer el Cáncer

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